Que fácil, es llorarnos, ya de muertos...
¡Que fácil es entonces ser laureado,
En el medio de tantos desconciertos,
el humano más bueno es el finado.
No hay nada como ver los velatorios
y escuchar los elogios indecentes
de falsos y embusteros penitentes
cargados de adjetivos expiatorios.
Creo, (sin intención irreverente)
que una vez allí, en el tanatorio
seremos más queridos por la gente.
Los halagos del póstumo auditorio
se irán quemando todos lentamente,
en la simple verdad del crematorio.
Una manera de dejar una especie de testimonio vital permanente, un baúl de momentos creativos (o intentos vanos de llegar a ellos). Rincón para que descansen reflexiones, poesía, relatos, fotos, pinturas y otros partos cotidianos del pensamiento y de las manos, aplicadas a intentar hacer algo estéticamente digno.
jueves, 23 de junio de 2005
sábado, 12 de marzo de 2005
El amor y la convivencia
Recuerdo el día que nos conocimos. Era una tarde gris que se hizo soleada cuando te vi; eras tan joven...el color de tu pelo tan claro...tus ojos tan verdes...en ese momento ya sabía que viviríamos juntos pero nunca me imaginé que podías hacerme tan feliz.
Luego vinieron los días de conocernos, la adaptación. Tu independencia fue siempre algo que valoré; también tu sinceridad...jamás me mostraste alegría simplemente porque yo lo deseaba...pero estuviste conmigo siempre cuando estuve mal.
Quizás sea un poco molesto cambiar las piedritas de tu retrete, pero...en fin, es lo mínimo que tiene que hacer alguien que quiere vivir con un gato...
Luego vinieron los días de conocernos, la adaptación. Tu independencia fue siempre algo que valoré; también tu sinceridad...jamás me mostraste alegría simplemente porque yo lo deseaba...pero estuviste conmigo siempre cuando estuve mal.
Quizás sea un poco molesto cambiar las piedritas de tu retrete, pero...en fin, es lo mínimo que tiene que hacer alguien que quiere vivir con un gato...
domingo, 6 de marzo de 2005
Extraño juicio en Arenales del Sol
Yo no soy hombre de andar pregonando por ahí las cosas que me cuentan los difuntos, pues en toda la comarca no hay médium más serio y formal que yo. Es más: en toda la comarca, no hay más porque soy el único; puede haber alguno por Peñabrava, de esos que cobran por mostrar barajas raras, pero yo no soy de rareza alguna.
Y menos aún soy de contar a otro lo que mis vecinos me encargan en relación con las almitas que andan de tertulia conmigo, pues soy agradecido al Señor por la facultad que me dio, y respetuoso de ello.Lo que pasó con este sucedido, es que fue mentado en la zona al punto de conocerse la historia en Peñabrava y quizás más lejos que ya es decir. Y es que no pasan demasiadas cosas en este pueblo, como para que nos toque un apuñalamiento con juez de la ciudad y muerto en la sala. No podría yo borrar la historia que ha acontecido en mis narices ni aunque conchabado con vivos y difuntos.
Intentaré relatar todo con la ayuda de esta memoria que ya no es la que era pues ya los años me avinagran los sesos.Si hubiera matrimonio feliz en Arenales del Sol, era el de la Matilde y Perico el Trespiernas. Y no me pregunte usted la razón del apodo de Perico, que yo no soy hombre de recrearse con las cosas que Dios anda dando a la gente. Solían tener las mejores cosechas, y suerte también con el tiempo, pues el Señor sabía mandarles el mejor clima para cada cosa.
Créame si le digo que no conocí pareja más enamorada, trabajadora y consecuente con las cosas de Dios como ellos.Eran gente muy interesada por los misterios del Señor, y como el cura no le daba todas las respuestas, venían a mí ya rebotados, pues el Señor Bendito me dio la facilidad de poder ver lo que otros mortales no ven; y más quisiera yo que el cura Don Bermejo pudiera ayudar más, pues para eso lo han estudiado y dado sotana. Pero así son las cosas y quien soy yo para cambiarlas...La Matilde me contó un día que se habían puesto de acuerdo para que, cuando uno de los dos muera, mande algún tipo de señal desde el más allá, como hacer algún mueca mortuoria, dejar uno de los ojos abiertos, gases, dar tres golpes en la puerta o cosas por el estilo.
Yo quise explicarles que esas no son cosas de Dios, que los muertos no andan por ahí golpeando en las puertas ni sacando la lengua, ni tirando pedos (con perdón)...pero seguían ellos con ese entusiasmo.
Claro que en momentos de salud, el Señor Jesús nos deja que se hable de la muerte con cierta holgura, pues es cosa lejana en el tiempo y hasta con bromas la gente se recrea. A nadie se le ocurriría pensar que uno de los dos pronto sería difunto.Y paso a contar ya lo del apuñalamiento porque usted dirá como me voy por las ramas..., y seguramente que va a tener razón porque soy de florituras, que ya lo decía mi difunta madre que Dios la tenga en la gloria...Perico el Trespiernas volvía de alguna travesura después de haber ginebreado. Por lo visto el hombre regresaba luego de darle algo de gloria a su apodo, y contento que venía el pobre Perico, casi no vio a los dos miserables. El Perico paró su moto y sin tiempo de preguntar nada recibió cuatro puñaladas, y el pobre hombre dicen que murió en el acto, porque el puñal había tocado vena.
Los dos tipejos eran viajantes, y dieron cuenta del Perico viéndolo pasado de vasos, y luego de haber gastado una cifra en sitio de mujeres malas. Lo cierto es que el pobre de Perico no traía más dinero encima que para ponerle aire a la moto y los infames esos se fueron igual de pobres.Poco les costó a los policías de Peñabrava dar con Eleno y Mario, que así se llamaban los asesinos, y meterlos entre rejas, pero la ley decía que iba de haber juicio y los acusados parece que tenían a alguien que iba a jurar por las escrituras, en hebreo en arameo y en vasco, que Eleno y Mario estuvieron con él la noche del crimen.
El alcahuete era ni más ni menos que Avelino, el empleado de Joaco, el ferretero de Peñabrava, quien le compraba casi todo el género a los viajantes de marras, quedándose él para sus pecados con el veinte por ciento de todo. Avelino no tenía pudor en dejar sueltos a esos bichos a cambio, seguramente, de alguna recompensa en billetes de esos con la cara del famoso.El cuerpo de Perico estaba en la morgue, ...que ...bueno.. que como no teníamos morgue en Arenales del Sol, no era más que el patio techado del colegio que haría de escenario del juicio. Vendría un juez desde la ciudad para el virtuoso acto, y para todo ello se debía conservar el cadáver allí y todo como estaba, por culpa de no sé que "forense".
Cosa que al señor Dios no le gusta, es que los muertos no se entierren, pero así eran las leyes de la ciudad.La Matilde iba al patio de frecuente, esperando que Perico le dé alguna señal que permita meter presos a sus asesinos. Pero el Perico seguía quieto, tieso como el zapato de un alcalde...sin señales, sin ojo abierto, sin lengua fuera...nada...A veces la Matilde se encerraba en si misma intentando escuchar vaya a saber que sonidos que le mande su Perico desde allá arriba. Y entre la desesperación por haber perdido a su marido del alma, y la impotencia de no recibir señal alguna, la Matilde se iba marchitando poco a poco sin esperanza y sin fe que la alumbre.Lo que no sabía la Matilde es que Perico estaba allá arriba intentando decirle algo. Pero Dios hizo a los muertos para que estén entre los muertos y a los vivos para que estén entre los vivos, así que tan desesperado estaba el Perico por estar muerto como por ser inútil de mandar señal alguna a su Matilde.
Cuando las almas suben, pasan un tiempo de paso, hasta que se decida, por su catadura, a que parte del infinito van, si a los mundos del Señor o a las tierras ardientes de Belcebú. Durante ese tiempo todavía pueden ver todo lo que pasa en la vida que dejaron, lo que no pueden, claro, es andar mandando guiñaditas de ojo.Viendo un ángel los esfuerzos de ese pobre cristiano, se le acercó a interesarse por las razones de su terquedad. El Perico le explicó lo del crimen, lo del juicio y lo del testigo mentiroso. El ángel le dijo que no podía mandar abajo nada que de tocarse fuera, pero sí era posible, hacer cosas que con el pensamiento y especialmente con el sueño que del mentecato de Avelino fuera menester, y así es que se quedaron de tertulia.
El día del juicio, el juez fue a ver al finado junto con ese forense o como se diga eso de esos tipejos que van de ver muertos, dando fe de los boquetes de puñal y esas cosas que ya nadie entiende para que las urden pues todo el pueblo sabía que el Perico era fiambre. Luego escuchó los testimonios y debía de ir Avelino, y este no aparecía.
Y Dios me libre de contar esto como me lo articuló el Perico desde allá arriba, pues entre lo golfo que era en vida la criatura, sumado a lo granuja que era el ángel con el que se conchabó...no tengo erudición ninguna para contar esto y tener tiento.
Y es que sabiendo el Perico y ese ángel diablejo desde allá arriba que el pobre Avelino llevaba días atacado de las almorranas; le hicieron soñar toda la noche con que él mismo Perico lo había, puesto sin dignidad ninguna contra los alambres del naranjal haciéndole sentir (El Señor Jesús y la Virgen perdonen por lo que estoy refiriendo) la presión de su apodo durante toda la noche, y espero que me haya entendido porque dos veces, yo de esto no digo.
Para el pobre Avelino el sueño había sido real como la vida misma, y no podía mover un pie ni casi hablar por el dolor que tenía en esas almorranas que son el dolor más fuerte del mundo y que yo doy fe porque las tuve, aunque sin sueño...
El juez tuvo paciencia en esperar, pues alguien le dijo al oído que el testigo estaba algo descompuesto. Pero pasada ya hora y media enfureció y mandó a un jovencito a averiguar que era lo que le estaba pasando. El mandado entró a la casa de Avelino quien le habló al oído y lo mandó de vuelta.
Cuando el joven llegó a la sala, el juez le preguntó en voz alta si el testigo estaba listo para la declaración. Algo avergonzado, el chico enviado dijo que no.Inmediatamente el juez gritó preguntando las razones y que las diga en voz alta; a lo que el joven enviado, ya sintiéndose acorralado contestó que:
“-...preguntado que hube al señor Avelino, señor juez, servidor no cree que venir venga, señor juez, porque tiene el ojete como racimo de uvas negras, y que dice el señor Avelino que no va a decir nada hasta que el señor Perico el Trespiernas esté enterrado en caja de pino y viendo crecer las berzas desde abajo ...”
Ante las risas de todo cristiano viviente habido en la sala, pero intentando contener la propia risa que también tenía el señor juez, que tonto no era y se daba cuenta de la mentira que ese Avelino estuvo a punto de soltar, el juez condenó a los asesinos y mandó silencio mientras se escribían las actas.La Matilde satisfecha pensó:- Gracias mi señor por haberle concedido justicia al Perico.....si el supiera esto.....si tuviera una señal tal como lo planeamos tanto tiempo.... –Y de pronto se escuchó un señor cuesco que retumbó en toda la sala. Ese pedazo de gas parecía venir del lado del difunto, pero como todos saben que los muertos no hacen de esas cochinadas, claro, todos miraron al señor cura que estaba dándole los sacramentos para el entierro.La Matilde miró hacia arriba y dijo con el pensamiento:- Si lo del Avelino fue cosa tuya, Perico, quiero otro ya... –Y seguidamente, desde la sotana de Don Bermejo salió un cuesco tremendo en forma de trueno, agrandado el ruido por lo ahuecado del patio.Ante el festejo general, y dentro del luto que ya de por sí guardaba la Matilde, esta sonrió por fin, se acercó al cuerpo, lo besó y se despidió guiñándole un ojo.Matilde se fue a su casa con la felicidad de saber que su Perico estaba de nobleza y humor.
Una vez sola me pidió la Matilde noticias del Perico. Y era porque se iba a la ciudad, porque ya no era vida aquella sin su hombre. Quería empezar de nuevo y no quería hacerlo sin la bendición de su Perico.Usted perdone por la impertinencia pero es lo que pasó y me debo a la verdad...pues que en el momento de contestarle se me escapó un pedo... Y juro por lo más sagrado que no fue mi voluntad, ni descompostura alguna de mi tripaje, que bien austero come un servidor.
Y menos aún soy de contar a otro lo que mis vecinos me encargan en relación con las almitas que andan de tertulia conmigo, pues soy agradecido al Señor por la facultad que me dio, y respetuoso de ello.Lo que pasó con este sucedido, es que fue mentado en la zona al punto de conocerse la historia en Peñabrava y quizás más lejos que ya es decir. Y es que no pasan demasiadas cosas en este pueblo, como para que nos toque un apuñalamiento con juez de la ciudad y muerto en la sala. No podría yo borrar la historia que ha acontecido en mis narices ni aunque conchabado con vivos y difuntos.
Intentaré relatar todo con la ayuda de esta memoria que ya no es la que era pues ya los años me avinagran los sesos.Si hubiera matrimonio feliz en Arenales del Sol, era el de la Matilde y Perico el Trespiernas. Y no me pregunte usted la razón del apodo de Perico, que yo no soy hombre de recrearse con las cosas que Dios anda dando a la gente. Solían tener las mejores cosechas, y suerte también con el tiempo, pues el Señor sabía mandarles el mejor clima para cada cosa.
Créame si le digo que no conocí pareja más enamorada, trabajadora y consecuente con las cosas de Dios como ellos.Eran gente muy interesada por los misterios del Señor, y como el cura no le daba todas las respuestas, venían a mí ya rebotados, pues el Señor Bendito me dio la facilidad de poder ver lo que otros mortales no ven; y más quisiera yo que el cura Don Bermejo pudiera ayudar más, pues para eso lo han estudiado y dado sotana. Pero así son las cosas y quien soy yo para cambiarlas...La Matilde me contó un día que se habían puesto de acuerdo para que, cuando uno de los dos muera, mande algún tipo de señal desde el más allá, como hacer algún mueca mortuoria, dejar uno de los ojos abiertos, gases, dar tres golpes en la puerta o cosas por el estilo.
Yo quise explicarles que esas no son cosas de Dios, que los muertos no andan por ahí golpeando en las puertas ni sacando la lengua, ni tirando pedos (con perdón)...pero seguían ellos con ese entusiasmo.
Claro que en momentos de salud, el Señor Jesús nos deja que se hable de la muerte con cierta holgura, pues es cosa lejana en el tiempo y hasta con bromas la gente se recrea. A nadie se le ocurriría pensar que uno de los dos pronto sería difunto.Y paso a contar ya lo del apuñalamiento porque usted dirá como me voy por las ramas..., y seguramente que va a tener razón porque soy de florituras, que ya lo decía mi difunta madre que Dios la tenga en la gloria...Perico el Trespiernas volvía de alguna travesura después de haber ginebreado. Por lo visto el hombre regresaba luego de darle algo de gloria a su apodo, y contento que venía el pobre Perico, casi no vio a los dos miserables. El Perico paró su moto y sin tiempo de preguntar nada recibió cuatro puñaladas, y el pobre hombre dicen que murió en el acto, porque el puñal había tocado vena.
Los dos tipejos eran viajantes, y dieron cuenta del Perico viéndolo pasado de vasos, y luego de haber gastado una cifra en sitio de mujeres malas. Lo cierto es que el pobre de Perico no traía más dinero encima que para ponerle aire a la moto y los infames esos se fueron igual de pobres.Poco les costó a los policías de Peñabrava dar con Eleno y Mario, que así se llamaban los asesinos, y meterlos entre rejas, pero la ley decía que iba de haber juicio y los acusados parece que tenían a alguien que iba a jurar por las escrituras, en hebreo en arameo y en vasco, que Eleno y Mario estuvieron con él la noche del crimen.
El alcahuete era ni más ni menos que Avelino, el empleado de Joaco, el ferretero de Peñabrava, quien le compraba casi todo el género a los viajantes de marras, quedándose él para sus pecados con el veinte por ciento de todo. Avelino no tenía pudor en dejar sueltos a esos bichos a cambio, seguramente, de alguna recompensa en billetes de esos con la cara del famoso.El cuerpo de Perico estaba en la morgue, ...que ...bueno.. que como no teníamos morgue en Arenales del Sol, no era más que el patio techado del colegio que haría de escenario del juicio. Vendría un juez desde la ciudad para el virtuoso acto, y para todo ello se debía conservar el cadáver allí y todo como estaba, por culpa de no sé que "forense".
Cosa que al señor Dios no le gusta, es que los muertos no se entierren, pero así eran las leyes de la ciudad.La Matilde iba al patio de frecuente, esperando que Perico le dé alguna señal que permita meter presos a sus asesinos. Pero el Perico seguía quieto, tieso como el zapato de un alcalde...sin señales, sin ojo abierto, sin lengua fuera...nada...A veces la Matilde se encerraba en si misma intentando escuchar vaya a saber que sonidos que le mande su Perico desde allá arriba. Y entre la desesperación por haber perdido a su marido del alma, y la impotencia de no recibir señal alguna, la Matilde se iba marchitando poco a poco sin esperanza y sin fe que la alumbre.Lo que no sabía la Matilde es que Perico estaba allá arriba intentando decirle algo. Pero Dios hizo a los muertos para que estén entre los muertos y a los vivos para que estén entre los vivos, así que tan desesperado estaba el Perico por estar muerto como por ser inútil de mandar señal alguna a su Matilde.
Cuando las almas suben, pasan un tiempo de paso, hasta que se decida, por su catadura, a que parte del infinito van, si a los mundos del Señor o a las tierras ardientes de Belcebú. Durante ese tiempo todavía pueden ver todo lo que pasa en la vida que dejaron, lo que no pueden, claro, es andar mandando guiñaditas de ojo.Viendo un ángel los esfuerzos de ese pobre cristiano, se le acercó a interesarse por las razones de su terquedad. El Perico le explicó lo del crimen, lo del juicio y lo del testigo mentiroso. El ángel le dijo que no podía mandar abajo nada que de tocarse fuera, pero sí era posible, hacer cosas que con el pensamiento y especialmente con el sueño que del mentecato de Avelino fuera menester, y así es que se quedaron de tertulia.
El día del juicio, el juez fue a ver al finado junto con ese forense o como se diga eso de esos tipejos que van de ver muertos, dando fe de los boquetes de puñal y esas cosas que ya nadie entiende para que las urden pues todo el pueblo sabía que el Perico era fiambre. Luego escuchó los testimonios y debía de ir Avelino, y este no aparecía.
Y Dios me libre de contar esto como me lo articuló el Perico desde allá arriba, pues entre lo golfo que era en vida la criatura, sumado a lo granuja que era el ángel con el que se conchabó...no tengo erudición ninguna para contar esto y tener tiento.
Y es que sabiendo el Perico y ese ángel diablejo desde allá arriba que el pobre Avelino llevaba días atacado de las almorranas; le hicieron soñar toda la noche con que él mismo Perico lo había, puesto sin dignidad ninguna contra los alambres del naranjal haciéndole sentir (El Señor Jesús y la Virgen perdonen por lo que estoy refiriendo) la presión de su apodo durante toda la noche, y espero que me haya entendido porque dos veces, yo de esto no digo.
Para el pobre Avelino el sueño había sido real como la vida misma, y no podía mover un pie ni casi hablar por el dolor que tenía en esas almorranas que son el dolor más fuerte del mundo y que yo doy fe porque las tuve, aunque sin sueño...
El juez tuvo paciencia en esperar, pues alguien le dijo al oído que el testigo estaba algo descompuesto. Pero pasada ya hora y media enfureció y mandó a un jovencito a averiguar que era lo que le estaba pasando. El mandado entró a la casa de Avelino quien le habló al oído y lo mandó de vuelta.
Cuando el joven llegó a la sala, el juez le preguntó en voz alta si el testigo estaba listo para la declaración. Algo avergonzado, el chico enviado dijo que no.Inmediatamente el juez gritó preguntando las razones y que las diga en voz alta; a lo que el joven enviado, ya sintiéndose acorralado contestó que:
“-...preguntado que hube al señor Avelino, señor juez, servidor no cree que venir venga, señor juez, porque tiene el ojete como racimo de uvas negras, y que dice el señor Avelino que no va a decir nada hasta que el señor Perico el Trespiernas esté enterrado en caja de pino y viendo crecer las berzas desde abajo ...”
Ante las risas de todo cristiano viviente habido en la sala, pero intentando contener la propia risa que también tenía el señor juez, que tonto no era y se daba cuenta de la mentira que ese Avelino estuvo a punto de soltar, el juez condenó a los asesinos y mandó silencio mientras se escribían las actas.La Matilde satisfecha pensó:- Gracias mi señor por haberle concedido justicia al Perico.....si el supiera esto.....si tuviera una señal tal como lo planeamos tanto tiempo.... –Y de pronto se escuchó un señor cuesco que retumbó en toda la sala. Ese pedazo de gas parecía venir del lado del difunto, pero como todos saben que los muertos no hacen de esas cochinadas, claro, todos miraron al señor cura que estaba dándole los sacramentos para el entierro.La Matilde miró hacia arriba y dijo con el pensamiento:- Si lo del Avelino fue cosa tuya, Perico, quiero otro ya... –Y seguidamente, desde la sotana de Don Bermejo salió un cuesco tremendo en forma de trueno, agrandado el ruido por lo ahuecado del patio.Ante el festejo general, y dentro del luto que ya de por sí guardaba la Matilde, esta sonrió por fin, se acercó al cuerpo, lo besó y se despidió guiñándole un ojo.Matilde se fue a su casa con la felicidad de saber que su Perico estaba de nobleza y humor.
Una vez sola me pidió la Matilde noticias del Perico. Y era porque se iba a la ciudad, porque ya no era vida aquella sin su hombre. Quería empezar de nuevo y no quería hacerlo sin la bendición de su Perico.Usted perdone por la impertinencia pero es lo que pasó y me debo a la verdad...pues que en el momento de contestarle se me escapó un pedo... Y juro por lo más sagrado que no fue mi voluntad, ni descompostura alguna de mi tripaje, que bien austero come un servidor.
miércoles, 23 de febrero de 2005
La última hora de Remigio
Él no era un ejemplo de individuo emprendedor. Su esfuerzo fue dosificado durante toda su vida, y quizás no sea su afición al sacrificio el aspecto por el que debiera considerarse trascendente en esta historia.
Quise comenzar diciendo eso, pues no deseo dejar ningún tipo de duda en cuanto a la imparcialidad que debo tener con el personaje de este relato, que, a pesar de ser un vago empedernido (las cosas por su nombre), tuvo suficiente magnetismo, empatía y personalidad como para merecerse el protagonismo de una historia corta y por lo menos, bien intencionada como esta.
No quiero hacer una descripción física de Remi (una moderna forma de resumir a Remigio) pues a el mismo no le gustaría que lo haga. Debo decir, en resumen, que era especial.
Susana lo adoraba. A pesar de ser consciente de su falta de interés por el trabajo, a pesar de verlo diariamente en la cama ya bien pasada la mañana, a pesar de saber que era ella la que le llevaría diariamente el sustento, y que gracias a ella estaban juntos...a pesar de todo eso y mucho más, ella lo amaba; pero lo amaba con el convencimiento que, también a pesar de todo lo malo de Remi, él, si fuera necesario moriría por ella.
Remi podría ser acusado de cualquier cosa, menos de aventurero o promiscuo. Pero esa noche estaba dispuesto a todo. Quien sabe si la culpa fue de esa primavera que entró de golpe apoderándose de la última nieve de los montes, derritiéndola sin remedio, y apoderándose también de las hormonas de todos sin excepción en esas latitudes, derritiendo también las voluntades...a pesar que entonces corría el año 1970 y no eran “años demasiado hormonados”...que si fueran los años que corren, sería cursi hasta mencionar la primavera.
Quizás la culpa era de Don Silverio, con su absurda obsesión por espantar a los pretendientes de su hija Rocío...quizás la culpa era ella, de la hermosa Rocío....o quizás fue el destino. Esto último, claro, es ya una frase hecha y que se aplica cuando ya nada tiene sentido.
Hecho ya a la manera de resumen, el mapa emocional de esta historia, comenzaré por contar que una tarde de abril Susana llegó del trabajo, entró en la casa cantando, tiró los zapatos con tanta fuerza que fueron a parar arriba de un armario, y mientras se ponía cómoda buscó a Remi por toda la casa sin verlo. Finalmente, dándose por vencida, supuso que había salido (aunque a esa hora era poco habitual). Decidió comenzar por rescatar sus zapatos del armario, dentro de la elasticidad que sus flamantes cuarenta y dos años recién cumplidos le permitiría.
Dany era un niño de unos doce años, que solía andar por la calle por la tarde, pues cuando regresaba de sus clases de inglés, jugaba con su tabla de rulemanes aprovechando el impresionante desnivel de la calle América. Justamente bajando por medio del asfalto, vio a Remi por la tarde, ya casi noche.... corriendo raudamente por la acera de la misma calle, y parando en la esquina. Dany conocía a Remi...él jamás tenía prisa alguna... y le llamó la atención tanto la forma de correr como la brusca parada, mirando hacia ambos lados y demostrando cierto nerviosismo. Dejó la tabla de rulemanes en la acera y observó como Remi saltó la verja de la casa de Don Silverio.
Susana pasó toda la tarde y toda la noche esperándolo.
Nadie podrá saber nunca lo larga que le resultó esa fatídica noche en la que en ningún momento dejó de pensar en todo. En ningún momento se le ocurrió que podría haberse ido para no volver, no había razones para pensar eso pues el comportamiento de Remi había sido perfectamente normal en los últimos meses.
¿Una aventura?...Remi ya no era un joven sexópata...tenía una edad como para no plantearse aventuras sexuales riesgosas, más por comodidad que por otra cosa. Más se inclinaba Susana por la hipótesis de una desgracia, aunque no tenía ningún tipo de razones objetivas que sostuvieran esa teoría... todo estaba en su sitio...no había señales de nada irregular... solo rezaba para equivocarse.
Cuando relató lo que había visto, Dany no pudo dar demasiados detalles, pues aún estaba acongojado; pero admitió haberse asomado con discreción entre los arbustos para espiar la extraña conducta de Remi. Así pues, aseguró que estuvo media hora observando...y también admitió que Remi se dio cuenta de que estaba siendo espiado. Por la razón que sea, había decidido entrar a los jardines de la mansión.
Dany ya no quiso arriesgarse a seguir sus pasos, Remi estaba dentro de una propiedad privada y Don Silverio tenía fama de vigilar personalmente su seguridad mediante frecuentes paseos por sus jardines y patios, y como era un jubilado de la Legión, no sería de extrañar que estuviera armado. Así pues, se pierde la pista que pudo aportar Dany.
Sería absurdo continuar esta historia procurando esconder el fatídico final. La verdad es que Remi murió trágicamente. No es mi intención contar historias policiales...no quiero esconder el final...solo relatar una anécdota sobre la vida real que le deje a usted una idea aproximada de lo caprichosa que puede ser esta, cuando se ensaña con una casa que bien podría ser la suya.
Y ya que por fin me sinceré, me interesan especialmente los últimos momentos de Remi, pues, a partir de algunos testigos no solo ha sido posible seguir sus pasos, sino también buscar y encontrar a los responsables de su muerte.
Ya dentro de los jardines, Remi se ocultó detrás de un arbusto prolijamente recortado esculturalmente con tijeras de jardinería, al lado de un ridículo enano de cemento que parecía mirarlo con una sonrisa estúpidamente pétrea. Desde esa posición la única luz era la luna llena que daba especial realce a los grandes ojos azules de Remi, ojos que quedaron inmóviles y sin parpadear al notar que se encendía la luz en la habitación de la hermosa Rocío.
Su corazón latía cada vez más rápido. Con una agilidad cuestionable, adelantó diez o quince metros, tomando nueva posición detrás de una columna que había sido invadida por los abrazos de una verde enredadera.
Rocío lo vio. Discretamente, observaba por la ventana habiendo ya apagado la luz principal y dejando solamente la del velador de su mesa de noche.
Acongojada, Susana llamó por teléfono a su madre. Entre llantos le contó su angustia, su miedo...y sabiendo que a su madre no le gustaba ni Remi ni la extraña relación que su hija tenía con el, necesitaba contarle su dolor; después de todo, era su madre. Agustina, (aseguraba) no quiso abusar del “yo te dije”, y solo procuró calmar a Susana: “Ya verás que tuvo una aventura de una noche...mañana estará de vuelta tan campante a la hora de comer...estos son así...si lo sabré yo...” y entre ese argumento u otros similares, intentaba “calmar” a su hija que prefirió despedirse amablemente para seguir llorando sola.
Don Silverio vio una sombra desde su ventana e inmediatamente, como una acción refleja, fue a por su viejo pero eficaz mauser 1893 con mira telescópica. Bajó a la primera planta y ya sin luz que delate su amenazante presencia, pudo ver a Remi . Bueno...en realidad solo a su silueta...era imposible identificar a nada ni nadie desde esa distancia y en plena noche. Lo que si estaba claro era que, sea quien sea, estaba dentro de su casa. Don Silverio observaba la escena desde el almacén de la vieja mansión, que estaba ubicada como haciendo un codo en el inmueble; así pues, era posible ver el frente de la casa y sus principales ventanas.
Pronto vio la ventana de su hija Rocío levemente iluminada y su silueta lenta en la ventana, semidesnuda.
Volvió la mirada nuevamente hacia el invasor, y esperó pacientemente a que se decida a “mover pieza”.
Susana sabía que era sobre protectora y exageradamente cariñosa. Guardaba celosamente todas las fotos de su Remi. Esa noche miraba todas, una por una...recordando y recreando las situaciones. Era ya bien entrada la madrugada cuando sonó el teléfono.
- Susana....soy Rocío....perdona por la hora ...es que.... – Rocío no podía contener ni la angustia ni el llanto...
- ¿Qué pasa?...¡que pasa!....por favor..dime que está pasando...- casi suplicó Susana.
- Es Remi...es..está mueertoooo.....la culpa es miaaaaaa – le decía entre palabras y llantos...
Susana se puso su bata de franela y salió corriendo para allá. Sus peores presentimientos se habían cumplido. Corría por las calles con los ojos en blanco....descalza y solo con su bata no era la imagen de la cordura.
Remi trepó por el árbol que estaba justo al lado de la ventana de Rocío. En el mismo momento que el llegó a la rama final, Rocío abrió el cristal de su ventana. Don Silverio tenía un blanco fácil.
Se escuchó el maullido de la gata de Rocío, que estaba en celo. Rocío la dejó salir por la ventana.
Los ojos de Remi dieron un vuelco. En el mismo momento que iba a saltar siguiendo a la gata, se escuchó el disparo del mauser y su corazón fue despedazado por el plomo.
Remi cayó al suelo. Ni siquiera tuvo tiempo de maullar. Ni siquiera pudo acercarse ni a un metro de esa gata que había roto su monotonía. Ni siquiera la complicidad de Rocío, entregándole a su amada, pudo cambiar su destino ese día.
Susana, jamás volvió a tener otro gato.
Quise comenzar diciendo eso, pues no deseo dejar ningún tipo de duda en cuanto a la imparcialidad que debo tener con el personaje de este relato, que, a pesar de ser un vago empedernido (las cosas por su nombre), tuvo suficiente magnetismo, empatía y personalidad como para merecerse el protagonismo de una historia corta y por lo menos, bien intencionada como esta.
No quiero hacer una descripción física de Remi (una moderna forma de resumir a Remigio) pues a el mismo no le gustaría que lo haga. Debo decir, en resumen, que era especial.
Susana lo adoraba. A pesar de ser consciente de su falta de interés por el trabajo, a pesar de verlo diariamente en la cama ya bien pasada la mañana, a pesar de saber que era ella la que le llevaría diariamente el sustento, y que gracias a ella estaban juntos...a pesar de todo eso y mucho más, ella lo amaba; pero lo amaba con el convencimiento que, también a pesar de todo lo malo de Remi, él, si fuera necesario moriría por ella.
Remi podría ser acusado de cualquier cosa, menos de aventurero o promiscuo. Pero esa noche estaba dispuesto a todo. Quien sabe si la culpa fue de esa primavera que entró de golpe apoderándose de la última nieve de los montes, derritiéndola sin remedio, y apoderándose también de las hormonas de todos sin excepción en esas latitudes, derritiendo también las voluntades...a pesar que entonces corría el año 1970 y no eran “años demasiado hormonados”...que si fueran los años que corren, sería cursi hasta mencionar la primavera.
Quizás la culpa era de Don Silverio, con su absurda obsesión por espantar a los pretendientes de su hija Rocío...quizás la culpa era ella, de la hermosa Rocío....o quizás fue el destino. Esto último, claro, es ya una frase hecha y que se aplica cuando ya nada tiene sentido.
Hecho ya a la manera de resumen, el mapa emocional de esta historia, comenzaré por contar que una tarde de abril Susana llegó del trabajo, entró en la casa cantando, tiró los zapatos con tanta fuerza que fueron a parar arriba de un armario, y mientras se ponía cómoda buscó a Remi por toda la casa sin verlo. Finalmente, dándose por vencida, supuso que había salido (aunque a esa hora era poco habitual). Decidió comenzar por rescatar sus zapatos del armario, dentro de la elasticidad que sus flamantes cuarenta y dos años recién cumplidos le permitiría.
Dany era un niño de unos doce años, que solía andar por la calle por la tarde, pues cuando regresaba de sus clases de inglés, jugaba con su tabla de rulemanes aprovechando el impresionante desnivel de la calle América. Justamente bajando por medio del asfalto, vio a Remi por la tarde, ya casi noche.... corriendo raudamente por la acera de la misma calle, y parando en la esquina. Dany conocía a Remi...él jamás tenía prisa alguna... y le llamó la atención tanto la forma de correr como la brusca parada, mirando hacia ambos lados y demostrando cierto nerviosismo. Dejó la tabla de rulemanes en la acera y observó como Remi saltó la verja de la casa de Don Silverio.
Susana pasó toda la tarde y toda la noche esperándolo.
Nadie podrá saber nunca lo larga que le resultó esa fatídica noche en la que en ningún momento dejó de pensar en todo. En ningún momento se le ocurrió que podría haberse ido para no volver, no había razones para pensar eso pues el comportamiento de Remi había sido perfectamente normal en los últimos meses.
¿Una aventura?...Remi ya no era un joven sexópata...tenía una edad como para no plantearse aventuras sexuales riesgosas, más por comodidad que por otra cosa. Más se inclinaba Susana por la hipótesis de una desgracia, aunque no tenía ningún tipo de razones objetivas que sostuvieran esa teoría... todo estaba en su sitio...no había señales de nada irregular... solo rezaba para equivocarse.
Cuando relató lo que había visto, Dany no pudo dar demasiados detalles, pues aún estaba acongojado; pero admitió haberse asomado con discreción entre los arbustos para espiar la extraña conducta de Remi. Así pues, aseguró que estuvo media hora observando...y también admitió que Remi se dio cuenta de que estaba siendo espiado. Por la razón que sea, había decidido entrar a los jardines de la mansión.
Dany ya no quiso arriesgarse a seguir sus pasos, Remi estaba dentro de una propiedad privada y Don Silverio tenía fama de vigilar personalmente su seguridad mediante frecuentes paseos por sus jardines y patios, y como era un jubilado de la Legión, no sería de extrañar que estuviera armado. Así pues, se pierde la pista que pudo aportar Dany.
Sería absurdo continuar esta historia procurando esconder el fatídico final. La verdad es que Remi murió trágicamente. No es mi intención contar historias policiales...no quiero esconder el final...solo relatar una anécdota sobre la vida real que le deje a usted una idea aproximada de lo caprichosa que puede ser esta, cuando se ensaña con una casa que bien podría ser la suya.
Y ya que por fin me sinceré, me interesan especialmente los últimos momentos de Remi, pues, a partir de algunos testigos no solo ha sido posible seguir sus pasos, sino también buscar y encontrar a los responsables de su muerte.
Ya dentro de los jardines, Remi se ocultó detrás de un arbusto prolijamente recortado esculturalmente con tijeras de jardinería, al lado de un ridículo enano de cemento que parecía mirarlo con una sonrisa estúpidamente pétrea. Desde esa posición la única luz era la luna llena que daba especial realce a los grandes ojos azules de Remi, ojos que quedaron inmóviles y sin parpadear al notar que se encendía la luz en la habitación de la hermosa Rocío.
Su corazón latía cada vez más rápido. Con una agilidad cuestionable, adelantó diez o quince metros, tomando nueva posición detrás de una columna que había sido invadida por los abrazos de una verde enredadera.
Rocío lo vio. Discretamente, observaba por la ventana habiendo ya apagado la luz principal y dejando solamente la del velador de su mesa de noche.
Acongojada, Susana llamó por teléfono a su madre. Entre llantos le contó su angustia, su miedo...y sabiendo que a su madre no le gustaba ni Remi ni la extraña relación que su hija tenía con el, necesitaba contarle su dolor; después de todo, era su madre. Agustina, (aseguraba) no quiso abusar del “yo te dije”, y solo procuró calmar a Susana: “Ya verás que tuvo una aventura de una noche...mañana estará de vuelta tan campante a la hora de comer...estos son así...si lo sabré yo...” y entre ese argumento u otros similares, intentaba “calmar” a su hija que prefirió despedirse amablemente para seguir llorando sola.
Don Silverio vio una sombra desde su ventana e inmediatamente, como una acción refleja, fue a por su viejo pero eficaz mauser 1893 con mira telescópica. Bajó a la primera planta y ya sin luz que delate su amenazante presencia, pudo ver a Remi . Bueno...en realidad solo a su silueta...era imposible identificar a nada ni nadie desde esa distancia y en plena noche. Lo que si estaba claro era que, sea quien sea, estaba dentro de su casa. Don Silverio observaba la escena desde el almacén de la vieja mansión, que estaba ubicada como haciendo un codo en el inmueble; así pues, era posible ver el frente de la casa y sus principales ventanas.
Pronto vio la ventana de su hija Rocío levemente iluminada y su silueta lenta en la ventana, semidesnuda.
Volvió la mirada nuevamente hacia el invasor, y esperó pacientemente a que se decida a “mover pieza”.
Susana sabía que era sobre protectora y exageradamente cariñosa. Guardaba celosamente todas las fotos de su Remi. Esa noche miraba todas, una por una...recordando y recreando las situaciones. Era ya bien entrada la madrugada cuando sonó el teléfono.
- Susana....soy Rocío....perdona por la hora ...es que.... – Rocío no podía contener ni la angustia ni el llanto...
- ¿Qué pasa?...¡que pasa!....por favor..dime que está pasando...- casi suplicó Susana.
- Es Remi...es..está mueertoooo.....la culpa es miaaaaaa – le decía entre palabras y llantos...
Susana se puso su bata de franela y salió corriendo para allá. Sus peores presentimientos se habían cumplido. Corría por las calles con los ojos en blanco....descalza y solo con su bata no era la imagen de la cordura.
Remi trepó por el árbol que estaba justo al lado de la ventana de Rocío. En el mismo momento que el llegó a la rama final, Rocío abrió el cristal de su ventana. Don Silverio tenía un blanco fácil.
Se escuchó el maullido de la gata de Rocío, que estaba en celo. Rocío la dejó salir por la ventana.
Los ojos de Remi dieron un vuelco. En el mismo momento que iba a saltar siguiendo a la gata, se escuchó el disparo del mauser y su corazón fue despedazado por el plomo.
Remi cayó al suelo. Ni siquiera tuvo tiempo de maullar. Ni siquiera pudo acercarse ni a un metro de esa gata que había roto su monotonía. Ni siquiera la complicidad de Rocío, entregándole a su amada, pudo cambiar su destino ese día.
Susana, jamás volvió a tener otro gato.
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