sábado, 14 de enero de 2012

Las leyes del karma. Fe de erratas.

Etiopía, 12 de enero de 2041

Escribo desde una choza rodeado de mis dos mujeres y nueve hijos. Un turista belga vino a sacar fotos de la pobreza (como tantos que pasan muy de vez en cuando, por aquí). Accedí a su ordenador mientras él dormía para escribir esto y mandarlo al blog que tenía en mi vida anterior (cuando viví en España), a través del sistema de internet por estación lunar.

Creo que alguna ley del universo se rompió, pues tengo la suerte (o la desgracia) de recordar mi vida anterior. También conservo los conocimientos de entonces, por lo que me fue más duro adaptarme a este nuevo sistema de vida (si es que se le puede llamar vida a esto, claro). Mi mujer más joven, Tanisha me mira mientras tanto con expectación pues ayer tuve sexo con la otra (Aguanju) y espera con algo de celos el apareamiento. Mientras espera, acaricia a mi hijo Bintou que pronto morirá de malaria.
Si no recordara mi vida anterior quizás todo sería más llevadero. Aquí la gente acepta la muerte como algo cotidiano. Sé que no viviré más de cuarenta años y aunque ya me importa poco, me preocupa pensar en cual será mi próxima vida. Pues yo siempre había en la rencarnación en mi vida anterior, y mis esfuerzos por intentar mejorar como persona no tuvieron ningún premio. ¿Dónde estará entonces el sentido de la existencia?...
Todo comenzó con la crisis de España. Allá por el año 2008. Vinieron luego unos años de escasez que intenté sobrellevar dignamente. En 2012 comencé a hundirme en una depresión que debilitó mi sistema inmunológico y al poco tiempo mis órganos se fueron debilitando, mi circulación empeorando, y finalmente un lunes de mayo sentí un fuerte dolor en el pecho mientras iba perdiendo el conocimiento. Esperaba la famosa luz, esa que describen quienes tuvieron experiencias cercanas a la muerte… esa que se les aparecía junto con sus familiares muertos; aceptaba el fin con una sonrisa mientras mi vida se extinguía.
Pero no hubo luz blanca azulada. Ni túnel.

Sentí que caía en un pozo oscuro. Lleno de ratas y cucarachas. Los murciélagos volaban alrededor de mi cabeza y un olor nauseabundo penetraba por todo mi cadáver. Horrorosos quejidos parecían salir de mil vericuetos subterráneos y cientos de cadáveres putrefactos se amontonaban sin terminar nunca de descomponerse.
De vez en cuando se escuchaban risas, ruido de fiesta. Alguna vez me pareció escuchar partidas de póker y, a veces largos gemidos de placer en lo que parecían ser grandes orgías. Lógicamente, el sonido era muy débil y podía engañarme, pero venía de una lejana zona donde se veía algo de luz…una luz hermosa.
Pero mi entorno era la peor pesadilla que nadie pueda imaginar. Los cadáveres se movían de vez en cuando dejando ver las llagas en las carnes infectadas de gusanos e insectos. Una eterna agonía gobernaba en ese sitio. Mi cuerpo era un nido de dolor. Me salía pus por la nariz y mi mente, alma, o lo que sea, solo me proporcionaba miedo, desolación y angustia. Eso era todo lo que podía sentir en ese inmundo lugar. En ese plano no había noción del tiempo, pero me pareció una eternidad. De vez en cuando llegaba un nuevo cadáver que comenzaba la misma tortuosa y macabra realidad. No podíamos comunicarnos, solo ver y sentir el dolor propio y el ajeno.
Con el tiempo (si es que pudiéramos llamarle así) ese escenario se transformó en habitual, pero no por ello paraba el dolor de las carnes, de los huesos, y el sonido de las alimañas alimentándose de mi cadáver. Y lo que es peor, al haber trascendido a ese plano la propia empatía, el sufrimiento se multiplicaba al ver y sentir como los cientos de cuerpos putrefactos gemían en una eterna agonía. Lloraban sin lágrimas. Nos mirábamos con profunda compasión.
Un día vi una breve silueta que se hacía cada vez más grande. Era algo que salía de ese espacio lejano de luz casi divina.
Hasta que de pie, junto a mi, reconocí la figura de una persona delgada, con un bigote poblado, nariz aguileña, mirada fría y sonrisa imperceptible, casi irónica. Vestía un uniforme de general, con su correspondiente gorro. Se dirigió a mi con suficiencia, soberbia y desprecio. Me dijo imperativamente:
- Llegó la hora de volver a la tierra –
Cerré los ojos y mientras mi extraña existencia se desvanecía escuché al personaje del uniforme:
- Otro idiota con eso del karma…¡vamos...otro aprendizaje!….
Al poco tiempo me desperté llorando, encarnado en un negrito de un kilo y doscientos gramos, en brazos de mi nueva madre, Nombeko.

5 comentarios:

María Susana dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Miguel Estrada Camblor dijo...

María Susana: Creo que tu problema está en confundir la literatura (sea en prosa o en poesía) con el "diario personal de quien escribe".
Si todo fuera así, Ernesto Sábato habría sido un monstruo.
Todos tenemos diferentes sensaciones y sentimientos tortuosos o magníficos. La razón por la que alguien escribe con "más o menos oscuridad", puede pertenecer a una necesidad del autor de expresarlo en uno u otro momento. Nada más.

Autor dijo...

Marco Antonio medita:
Estas esperiencias extrasensoriales ocurren cuando se cena: fabas Asturianas con chorizos. Es un caleidoscopio de alucinacines que todo buen escritor utiliza durante el proceso de la digestión para expresarse con originalidad en ese momento de clarividencia.
Excelente mi querido profesor.

musa extraviada dijo...

excelente relato... Un gusto. Saludos desde México.

Elda dijo...

Vaya, curiosa historia que me ha tenido totalmente absorbida deseando llegar al final para ver como terminaba, y resulto ser una reencarnación.
Me ha encantado tu forma de relatar.

Te estube buscando, y al fin te encontré y como sé que esto va a salir en tu correo, me encantaría me dijeras algo del foro...

Estoy penosa. Te mando un abrazo Miguel.